Esto no es una felicitación

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Siento que tantas mujeres tengan que verse doblemente obligadas en estas “fiestas” a servir a los demás, que tengan que reírse sin ganas, sentarse en el lado de la mesa que más cerca está de la cocina. Siento que niñas que sufren abusos dentro del núcleo familiar deban dar besos, agradecer regalos y compartir espacios. Siento que hay casas donde la celebración no tiene lugar, ningún día del año. Y esto, literalmente, me hace llorar.

Me lleva, además, a pensar en mí misma: cómo he crecido, qué educación he recibido, en qué hogar he vivido. Acabo dándome un autoabrazo diciéndome la suerte que tengo de poder pararme a reflexionar, elegir y hasta escribir estas palabras.

Ningún hogar es perfecto, qué quiere decir hogar perfecto. Creo que se trata de poder recordar cuantos más momentos felices mejor, recordar que las veces que te has hartado de reir y te has sentido querida han sido todas.

No sé si voy a tener hijxs. Siempre he sido tendente al no; tengo un punto crítico hacia este tema que no puedo ni quiero evitar. Pero chica, quién sabe. Después de verme haciendo cosas que siempre dije que no haría, ya no me arriesgo a ser demasiado categórica; vivan las autosorpresas. Pero a lo que iba, una amiga me dice que su mayor motivo para querer ser madre es la infancia feliz que ella tuvo y el querer darle esto mismo a alguien. Además de comérmela a besos cada vez que lo expresa, la miro con los ojos bien abiertos y pienso (en una idea con muchos puntos censurables), que la pondría a parir un ejército de niñas que salieran igual a ella y nos salvaran de una vez de este mundo misógino, torpe y violento.

La navidad pasada, cuando volví a casa, mi madre me recibió sentada en su sillón, al lado del fuego, leyendo el libro La mujer y la madre, de Elisabeth Badinter, un libro polémico sobre la maternidad como nueva forma de esclavitud. Esto no es lo que espera ninguna hija, pero ella me dejó muy claro hace tiempo que primero es mujer y luego madre, y sé que conmigo, y recordando lo que dice Sue Hubbell en Un año en los bosques, es una «osa feroz» que vigila y protege. Así que la quiero y la adoro por todo.

Mi hermana tiene la debilidad de dejarse hacer bromas y monerías hasta que las dos caemos al sofá flojas de la risa. Cuando mi hermano pequeño, con ocho años, me preguntó si podía besar a una niña, supimos que lo estábamos haciendo bien. Aun hoy, con veintidós años, cuando habla de ligar no babea ni suelta improperios hacia ninguna persona. Y cuando mi padre me pregunta por mi pareja, que es una mujer y por cierto, la admira, a mí se me escapa un suspirito de emoción por tener un padre listo.

Así que verás, mi familia a ratos es un desastre, pero tenemos un secreto: el sentido del humor y ser cinco sensiblerxs llorones que se quieren mucho.

Este repaso intimista es sólo para compartir el deseo de que exista responsabilidad a la hora de construir hogares valientes, y si no somos capaces, creo que mejor sería estarse quietxs.